Parte II: El Desborde (Así Comienza)

El ambiente en la sala estaba cargado; el aire pesaba, olía a su perfume mezclado con la humedad de nuestra piel. Yo ya no era dueño de mis movimientos, solo respondía a sus manos. Cuando sentí que retiraba sus dedos, por un segundo el vacío me dolió, pero fue solo el preludio. Él se deshizo del resto de su ropa con una urgencia controlada, revelando una anatomía que parecía esculpida solo para intimidarme y atraerme a la vez.
Se posicionó entre mis piernas, obligándome a mirarlo. Sus ojos, que antes eran amables, ahora estaban oscuros, fijos en los míos. Sin decir una palabra, me tomó por los muslos y me arrastró hacia el borde del sofá, dejando mis piernas colgando sobre sus hombros. La vulnerabilidad era total, pero la confianza que me transmitía su agarre firme me hacía querer más.

El momento del encuentro
Sentí la punta de su virilidad rozar mi entrada, todavía húmeda por el juego anterior. Fue un contacto lento, tortuoso. Él se detuvo justo ahí, disfrutando de mi impaciencia, de mis jadeos cortados.
—¿Seguro? —susurró, su voz vibrando en mi pecho.
Mi respuesta no fue una palabra, sino un tirón de su cuello para besarlo con desesperación. Fue entonces cuando empujó. Fue una invasión lenta, pesada, que me obligó a arquear la espalda y clavar las uñas en sus brazos tensos. Sentí cómo cada fibra de mi cuerpo se expandía para darle lugar. No era solo sexo; era una toma de posesión silenciosa.
La danza del ritmo
Una vez dentro, se quedó inmóvil unos segundos, dejando que nos acostumbráramos el uno al otro. Luego, comenzó el movimiento. No eran embestidas rápidas al principio, sino círculos profundos que buscaban ese punto exacto que me hacía perder la razón. Cada vez que su cuerpo chocaba contra el mío, un sonido involuntario salía de mi garganta.
El ritmo fue escalando. El sonido de nuestras pieles encontrándose rítmicamente llenaba la habitación. Él me sujetaba con una fuerza que me hacía sentir pequeño pero intensamente vivo. En un giro de adrenalina, me susurró al oído promesas que mi mente apenas procesaba, mientras aceleraba la marcha, llevándome a ese punto de no retorno donde el placer ya no es solo físico, sino un estallido blanco detrás de los ojos.

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